Hay otras opciones

Parte II de: La Tierra pide clemencia
por André Voisin.



Hay otras opciones


Masanobu Fukuoka es autor del libro One-straw Revolution: An Introduction to Natural Farming. Científico, granjero y líder de la agricultura natural en Japón, Fukuoka sostiene que "al producir y exportar estos alimentos EE.UU. está ayudando a destruir el mundo del mismo modo a como lo está haciendo al exportar tanques y armas militares (**). El sistema de producción agrícola al que se tiende es netamente utilitarista y movido sólo por criterios de rentabilidad. No le interesa si el efecto a mediano y largo plazo sobre la biosfera es desastroso. No le interesa si al ritmo actual en menos de 20 años quedaran arruinadas y contaminadas la mitad de las tierras arables. Tampoco le interesa si las hortalizas, frutas o cereales están contaminados con excesos de nitratos y nitritos (probados agentes cancerígenos (***), si carecen de vitaminas, cobre, zinc, molibdeno o manganeso, o si contienen excesos de insecticidas (hay altas tolerancias en los contenidos aceptados, y las cotas permitidas no responden a una lógica estrictamente justificable).

Resulta evidente que el productor agropecuario no tiene intención de cambiar las condiciones principalmente porque el consumidor, por ignorancia, no se lo exige. Afortunadamente, la esperanza no esta pérdida del todo ya que existe un grupo de agricultores pioneros que han encarado la solución del problema en cuestión. Se trata de los que cultivan la tierra en forma orgánica respetando las leyes biológicas del suelo, sin emplear ningún producto químico ni fertilizante que no sea bio-orgánico. Como fertilizantes se usan solamente los estiércoles vacuno, equino, caprino y ovino frescos o compostados. También se utilizan desechos vegetales o algas marinas. Estos abonos representan fertilidad viva para la tierra, pues generan la presencia de millones de microorganismos por centímetro cúbico devolviéndole la fertilidad perdida.

En lugar de los arados de reja convencionales se emplean arados del cinceles que no invierten el pan de tierra sino que abren solamente grietas angostas que rompen el "pié de arado" y permiten la infiltración de la lluvia y el aire. La superficie del suelo no queda desnuda sino que se trata de munir una cubierta protectora picando y esparciéndole encima la paja de los cereales y rastrojos en general.

El control de los insectos se hace biológicamente. Se los combate con ayuda de otros insectos o con hormonas extraídas de ellos mismos que anulan la maduración sexual del las larvas (****). Una manera de atenuar o minimizar la acción del los insectos consiste en entremezclar pequeñas parcelas del distintos cultivos, imitando la diversidad de especies de la flora silvestre.

Contra las liebres y otros roedores se emplea el método de rodear los cultivos con cercos tupidos de cereales como el sorgo que actúan formando una barrera natural contra el avance de los animales. También se dejan parcelas sin arar que conservan los pastos naturales, de modo que estos sirvan de reserva alimenticia para una población equilibrada de insectos, formada tanto por los insectos dañinos como también por aquellos que son sus depredadores naturales.


En EE.UU. y Europa occidental el movimiento orgánico es fuerte y pujante. Constantemente se están abriendo nuevos comercios en los que pueden adquirirse alimentos cultivados en forma biológica. En el envase de los mismos puede leerse: Alimento bio-orgánico producido en tierra fértil sin el agregado de sustancias químicas ni fertilizantes sintéticos". Los frutos en algunos casos son de menor tamaño porque crecieron a velocidad normal (la natural), sin artificios aceleradores. Sus hojas pueden presentar marcas de picaduras o agresiones de insectos, y aun puede encontrarse alguno dentro de las lechugas, los repollos o los choclos, pero su presencia representa una garantía más de que allí no se emplearon insecticidas.


En general se puede decir que además de no contener componentes tóxicos, los vegetales orgánicos tienen mejor sabor y su contenido vitamínico y de oligominerales resulta equilibrado. Desde el punto de vista de los principios ecológicos, consumir productos orgánicos no sólo beneficia a quien los come sino también a todo el medio ambiente natural: al alentar su producción se frena la destrucción de las tierras arables contribuyendo a la protección del ecosistema agrícola.

En la Argentina se hicieron últimamente algunas experiencias aisladas de cultivos bio-orgánicos. Aquí, hasta hace pocos años, los cereales eran cultivados sin fertilizantes ya que no se justificaba su aplicación debido al alto precio de los mismos. Pero el tiempo y la búsqueda creciente de rentabilidad abarataron su precio alentando cada vez más su empleo. Para los cereales, el abono más usado es el de tipo nitrogenado, que requiere para su producción mucho consumo de energía por cada kilogramo del fertilizante obtenido. Últimamente, además de los insecticidas, se difundió el uso de fungicidas para los cultivos de cereales y la posterior conservación de los granos.

En la producción de hortalizas el empleo de productos químicos esta mucho más generalizado. Herbicidas selectivos, fertilizantes de diversas composiciones, fungicidas e insecticidas son el arsenal común de cualquier quinta industrial que abastece a la ciudad del Buenos Aires.
Si en lo que a cereales se refiere todavía es posible encontrar algún agricultor que cultive sin agroquímicos (no por intenciones biológicas conscientes sino por "primitivismo''), con respecto a las hortalizas esto es casi imposible: no las hay libres de productos químicos ni crecidas en forma equilibrada. Los pocos que cultivan verduras en forma orgánica no lo saben y en general están fuera de la escala comercial. Los encontraremos en el cono urbano cultivando pequeñas parcelas que van desde un lotecito hasta media o a lo sumo una hectárea, vendiendo lo producido a la vecindad que compra esa verdura sin darse cuenta de lo valiosa que es. Sea como fuere, esa producción exigua no llega a los centros de consumo; en todo caso es preciso salir a buscarla.
Es de esperar que al igual que en Europa occidental y EE.UU. se produzca también aquí una movilización en pro de los alimentos cultivados orgánicamente. En dichos países constituyen rubros florecientes y en continua expansión debido al alto grado del esclarecimiento del consumidor. Una propuesta interesante en este sentido son los cursos de iniciación hortícola que dicta desde hace dos años el INTA por Radio Nacional y que son organizados por el Ing. Agr. Lizardo Berrios Cáceres y el profesor Ing. Agr. Raúl J. Garibaldi. En ellos se revaloriza la creación de huertos familiares, muy comunes hasta hace unos veinte años atrás.

Al margen de los beneficios económicos individuales y ecológicos globales, el cultivo sano de la tierra reporta una enorme satisfacción personal por el reencuentro del vínculo primario con la tierra, de la que estamos tan alejados, tan erguidos. Cultivándola también habremos hecho con las propias manos algo por nuestra salud física y mental, tan abandonada últimamente a manos de terceros o a la misma suerte.

** En EAST WEST JOURNAL, nov. 1979. 21
*** Ver Trabajo Nº 2 del congreso de tecnólogos alimentarios, Bs. As., nov. 1979, Sobre la formación de nitrosaminas. Autor: Schmidt Hebel H., de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad de Chile.
**** La tercera generación de plaguicidas, Carrol M. Williams, Revista ''Scientific American'', julio de 1967. GIDEA (Grupo Interdisciplinar para el Desarrollo de Eco-alternativas)