"La tierra pide clemencia"


por André Voisin.
Físico y químico francés (1903-1964). Su aporte principal a la ciencia estuvo relacionado con la agricultura y la ganadería, fue mundialmente conocido por su tesis sobre el pastoreo intensivo.

La frase bíblica "Polvo eres y en polvo te convertirás" (Gén.III-19) no constituye solamente una enseñanza religiosa y filosófica. Esta sentencia representa, ante todo, una enseñanza científica que debería grabarse sobre las puertas de todas las facultades de medicina del mundo entero. Nuestros antepasados comprendieron perfectamente que ese "polvo" del suelo, cuyos elementos minerales componen nuestras células, determina finalmente el vigor y la salud. En una época en que todavía no se hablaba de metabolismo, de funciones enzimáticas, etc., nuestros abuelos empleaban el dicho "el animal es el reflejo del suelo". Esta frase puede traducirse hoy por una expresión más moderna que, sin embargo, no hace más que copiar aquélla: "El organismo (animal o humano) es la fotografía bioquímica del medio en que vive; más particularmente, del suelo que ha producido los alimentos de este organismo".


El trabajo de la tierra, los cultivos y su problemática resulta en general un tema ajeno al interés del hombre de la gran ciudad. Esta indiferencia generalizada, producto del alejamiento físico, económico y espiritual de las zonas agrícolas, explica no sólo la falta de información sobre el tema sino también el hecho de que el consumidor urbano se aprovisione característicamente con lo primero que encuentra a su alcance, sin interponer un fundado criterio selectivo respecto a la calidad de lo que consume.

"Somos lo que comemos", en el sentido que la composición y calidad de los alimentos que ingerimos incluyen decididamente en el equilibrio de nuestra salud corporal y mental. Y lo que comemos proviene esencialmente de lo producido por el frágil manto de tierra que cubre las zonas agrícolas y pastoriles del planeta. Extendiendo el análisis, puede decirse que la calidad de lo que somos depende en última instancia de la composición de nuestros suelos.

La tierra no es una mezcla de sustancias químicas estériles. En un terrón de suelo fértil bulle la vida y todo es interacción. Millones de bacterias, microorganismos e insectos coprófagos y detritivos, junto a un variado conjunto de pequeños animales, viven colaborando para mantener un armónico equilibrio dinámico que viene durando millones de años. En un ecosistema tal se desarrolla ininterrumpidamente un proceso microecológico muy imbricado donde al lado de las relaciones de comensalismo-parasitismo se dan también otras de simbiosis y mutualismo, fundamentales para los ciclos energéticos y vitales que atraviesa el microsistema. Unos toman lo desechado por otros y éstos, a su vez, crean restos aprovechados por terceros.

Es cierto que las relaciones tróficas de toda esta comunidad de seres vivos incluyen también la muerte de unos por otros como componente primordial, pero la totalidad del proceso se desarrolla siguiendo una secuencia de modificaciones continuas que no arruina el hogar que los alberga, la tierra. Cuando el hombre descubrió la agricultura, hace 10.000-20.000 años atrás, comenzó un lento proceso - la revolución agrícola - que lo trasformó paulatinamente de cazador-recolector nómade en agricultor-pastor sedentario, pasando en el interín por toda la gama de posibilidades intermedias. Esa revolución se encuentra hoy día en su apogeo, tanto por la extensión territorial que implica como por la intensidad y densidad de la tecnología volcada al campo.

Todas las tierras fértiles con humedad suficiente se hallan actualmente bajo cultivo o pastoreo, sometida la mayor parte de ellas a un intenso laboreo mecánico que año tras año las va degradando, al tiempo que se las satura con una interminable lista de productos sintéticos que altera su composición química y vital. A la vez, muchas de esas tierras sufren extracciones sin reposición de elementos constitutivos debido al régimen de agricultura permanente con cosechas continuas a que se ven sometidas. Esto lleva a la pérdida irremisible de la fertilidad de los suelos: actualmente es consenso entre muchos expertos que las decadencias de los imperios romano y maya se han visto facilitadas justamente por esta razón (*).

El plano inclinado del Agribusiness

La escasez de tierras y el aumento del precio internacional de los alimentos son dos factores que tienden, por una parte, a expandir las fronteras agropecuarias y, por otra, a aumentar los rendimientos de las áreas tradicionalmente agrícolas. Tales son las dos opciones dominantes en la política agraria mundial. La primera tomó cuerpo y se aceleró en los últimos 15 años, llevando al hombre, y en especial a las grandes empresas del agribusiness y a gobiernos de países en desarrollo, a incursionar en zonas hasta entonces nunca laboradas, tanto selváticas como semidesérticas, no aptas ecológicamente para los cultivos tradicionales de cereales y legumbres.
Buena parte de dicho proyectos fracasaron o están en vías de fracaso debido a que no se ponderaron debidamente las variables ecológicas a mediano y largo plazo. Las tierras de los trópicos y de las selvas lluviosas como la amazónica pierden rápidamente (3 a 8 años, según la intensidad de los cultivos) su fertilidad. Los suelos, desprovistos de su densa cubierta arbórea, son fácilmente erosionados por las intensas precipitaciones (hasta 5000 mm. por año). Por otro lado, en las zonas sub-áridas, la mínima remoción de la escasa vegetación superficial y sus raíces deja al suelo, de por si delgado y pobre, a merced de la acción directa del sol y del viento, produciéndose voladuras y pérdidas de la capa arable a un ritmo lento pero mensurable.

Si bien ya hace tiempo se llegó a la conclusión de que lo que es bosque invariablemente debe seguirlo siendo, no obstante aún continúa resultando económicamente "interesante" talar las selvas por sus maderas preciosas en vez de cultivarla al menos durante los 5 años promedio en que el rinde es aceptable (para luego abandonarla a su suerte). Así las cosas, a la fecha se ha talado entre el 10 y el 20 por ciento de la selva amazónica, proceso que de seguir afectará seguramente la humedad y el clima de la región, reservorio de la mayor diversidad de especies conocidas y desconocidas del planeta.

Pero no solo el "pulmón de América" está boqueando. En el área de la Cuenca del Plata también se detectan problemas ecológicos, principalmente de erosión de las tierras de cultivo debido a la segunda opción dominante, que consiste en redoblar los esfuerzos para aumentar el rendimiento de las tierras tradicionales. Las provincias argentinas de Santa Fe, Corrientes, Chaco y Misiones, al igual que los estados sureños de Brasil (Rio Grande do Sul y Paraná), padecen problemas similares. En todas las regiones mencionadas - en especial Santa Fe, Misiones y el sur de Brasil - se practica la agricultura permanente ha dos cosechas por año, una de trigo y otra de porotos de soja, cultivo extensivo que alcanzó gran difusión en los últimos años y que demanda un intenso laboreo mecánico: la tierra queda prácticamente pulverizada antes de la siembra.

El cultivo continuado agota las reservas de la tierra, dañando la microflora y microfauna del suelo que no tiene tiempo para regenerarse. Asimismo, junto con los cereales y las leguminosas cosechadas, quita a la tierra aceleradamente elementos minerales que no son devueltos al terreno, tales como los oligoelementos cobre, magnesio, zinc, hierro y molibdeno, indispensables para la regulación de los procesos vitales y la prevención de enfermedades.

Al morir la vida del suelo, desaparecen del mismo, o disminuyen en forma considerable, los insectos y pequeños animales útiles como la lombriz y otros gusanos y larvas, que con sus trabajos de remoción y cavado de galerías y túneles, confieren a la tierra esponjosidad. De este modo la tierra pierde gran parte de su capacidad para absorber y retener el agua.

Otro factor coadyuvante es el exceso de arada, que genera el ''pie de arado'', capa de tierra endurecida ubicada a 40 cm. de profundidad que actúa como capa impermeable impidiendo la infiltración y retención del agua de lluvia. La superficie desnuda del campo trabajado es entonces castigada directamente por la lluvia que no puede ser amortiguada por falta de vegetación. Es así como a los problemas de pérdida de esponjosidad y "pie de arado" se añade otro factor erosionante: las gotas de lluvia, al pegar directamente sobre el terreno, amasan una delgada capa de barro que impermeabiliza superficialmente el suelo, y el agua, en lugar de infiltrarse, se empieza a escurrir en forma superficial. Primero son pequeños hilos de agua que luego confluyen en zanjas para formar finalmente verdaderas cárcavas en el terreno. Esa masa acuática, al correr, se lleva en minutos u horas la tierra fértil que demoró miles de años en formarse.

Por insólito que parezca, la voz de alarma no fue dada por los agrónomos sino por los técnicos que están construyendo las presas del Paraná. Fueron ellos quienes alzaron la voz asustados por los aluviones que, de seguir el ritmo actual de cultivo intensivo, cegarían las represas en pocos años tornándolas inservibles.

La ciencia ecológica ya puso en claro que hay zonas que no deben ser cultivadas en forma intensiva. Un ejemplo de excesos es el efecto producido por el sobre pastoreo en la provincia de Formosa. El pastoreo excesivo rompió el equilibrio existente y permitió el avance del viñal, arbusto espinoso que cubre hoy gran parte del territorio de la provincia y que lo desvaloriza por el bajo rendimiento que ocasiona a los campos o el alto costo que trae aparejada su erradicación.
El acelerado proceso de valorización de las buenas tierras y el aumento de la presión impositiva que grava ahora en nuestro país a la tierra improductiva, son factores que refuerzan la tendencia a aumentar el rendimiento de la tierra. A escala global, esto se compagina con el deterioro de las economías industriales y la inflación creciente en todo Occidente, donde se hace hincapié en las posibilidades que prometen la producción en gran escala de alimentos en un futuro cercano: el Agribusiness y el Agrodollar ven así facilitado su encaramamiento al tope de las políticas agrarias mundiales, con la predecible proyección de sus técnicas productivas a niveles muy superiores a los actualmente conocidos.

Estas circunstancias aceleran la concentración de la propiedad de la tierra en manos de empresas cada vez mayores. Un proceso menos intenso pero gradual hizo que en los últimos 20 años disminuyeran en Estados Unidos un 30 por ciento el número de propietarios chicos y medianos en favor de las grandes compañías agropecuarias. Acorde con su poderío económico, el Agribusiness se orienta hacia la explotación de la tierra mediante todos los recursos técnicos disponibles y la maquinaria agrícola más moderna y sofisticada que, unida a todo un arsenal de productos químicos, aumenta sí la producción pero da como resultado frutos desequilibrados y contaminados con notables carencias de oligoelementos indispensables para una regulación armónica de los procesos fisiológicos humanos ''Somos lo que comemos", y lo que nos dan a comer alimenta también a la industria médica.

* Ver André Voisin, Dinámica de los pastos, Ed. Tecnos, Madrid, 1971, y ver también MUTANTIA 2, pág. 114.
...continúa en una Segunda Parte: " Hay otras opciones".